(Re)vueltas memoriosas de una feminista (im)posible

Atisbo a una niña que nació en el año cincuenta y seis del siglo XX, en el hospital Barros Luco de la comuna de San Miguel, en medio de la precariedad. Creció en una casa de arquitectura extraña, anómala, en un hogar más raro aún. Una de ocho. La menor. Un contexto de pobreza en el sur de Santiago, San Miguel. Muchas mujeres, seis, y dos hombres. En medio de todxs, una tremenda figura femenina: Andrea, la madre analfabeta, trabajadora de lo doméstico en casas ajenas, se alza poderosa. Este sería un lugar que incubó mi llegada, mucho tiempo después, en cuerpo y alma al feminismo. Primero tenía que pasar por la lectura, esa “fiesta pequeña y clandestina” como la nombra tan bellamente Gabriela Mistral. Vivir en los libros. Aprendí a leer para huir de la realidad dura, un entorno familiar asfixiante que asediaba mi sensibilidad a flor de piel.

Gilda Luongo

X Gilda Luongo

“Pienso en el feminismo como en un archivo frágil, un cuerpo recompuesto de fragmentos, de salpicaduras, un archivo cuya fragilidad nos da una responsabilidad: el cuidado.”Sara Ahmed (36)

“Una enseñanza feminista: si empezamos contando nuestras experiencias sobre cómo nos hicimos feministas podremos, no solo tener otra manera de producir ideas feministas, sino también de producir nuevas ideas sobre el feminismo.” Sara Ahmed (27)

Mirar(me). Las entrañables compañeras feministas mendocinas me piden “algo” de mí o sobre mí. Un escrito que diga mis caminos, sinuosos tránsitos vitales, autobiográficos. No lo he hecho hasta ahora de este modo. Sólo he vagado poniendo la piel y los ojos grandes en mis trayectos de investigación a manera de posicionamiento en relación con los lugares  académicos (des)habitados. Esos lugares institucionales incómodos que solo amé en sus entradas y salidas escriturales. No obstante, si pienso más detenidamente, sí he producido, de modo fragmentario, textos creativos que intentan asediar lo autobiográfico para unas memorias que están en barbecho aún. Ya les llegará el turno para ser trabajadas como publicación. Ahora, para esta invitación de las compañeras chilenas del Grupo de Investigación y Lecturas Feministas, de la Universidad de Valparaíso, retomo aquella escritura pedida por las compañeras de Mendoza. Todo está interconectado. Pongo mis manos en ese amasijo que es mi memoria feminista.  Las pongo en un amasamiento que dibuja un tránsito sinuoso, inacabado.

Atisbo a una niña que nació en el año cincuenta y seis del siglo XX, en el hospital Barros Luco de la comuna de San Miguel, en medio de la precariedad. Creció en una casa de arquitectura extraña, anómala, en un hogar más raro aún. Una de ocho. La menor. Un contexto de pobreza en el sur de Santiago, San Miguel. Muchas mujeres, seis, y dos hombres. En medio de todxs,  una tremenda figura femenina: Andrea, la madre analfabeta, trabajadora de lo doméstico en casas ajenas, se alza poderosa. Este sería un lugar que incubó mi llegada, mucho tiempo después, en cuerpo y alma al feminismo. Primero tenía que pasar por la lectura, esa “fiesta pequeña y clandestina” como la nombra tan bellamente Gabriela Mistral. Vivir en los libros. Aprendí a leer para huir de la realidad dura, un entorno familiar asfixiante que asediaba mi sensibilidad a flor de piel. Los textos de compañía (Ahmed) nos sostienen la vida. No tenía biblioteca, nunca la tuve hasta cuando fui estudiante de pedagogía en castellano de la Universidad de Chile. (La armé a goteras. Fui haciendo acopio con esfuerzo económico, algunos libros regalados, otros recibidos en forma de pago por clases particulares, a modo de trueque). Cuando niña, leía libritos que hallaba en una desvencijada cajonera del padre letrado y ausente. Eran textos populares, muchas novelitas de cowboys. Sin dibujos, solo las palabras me tentaban por el mundo que abrían. Hasta que cayó en mis manos ávidas de mundos posibles El vicario de Wakefield, novela escrita en forma de diario, su autor un decimonónico, Oliver Goldsmith. No tenía tapa, la forré, niña reparadora de libros, con un papel de regalo de fondo gris con líneas azules. Allí encontré un mundo fascinante narrado como intimidad. Hasta hace poco formó parte de esa biblioteca que llegué a armar, ahora que me he desprendido de la mayor parte de ella, mudada, queda solo en mi memoria. Estas escenas de lectura son un biografema constante en mi trayecto vital como mujer de origen proletario, supuestamente heterosexual, feminista y de izquierda (calificativo extraño hoy en día, cuando la izquierda atomizada no logra volver a repuntar en Chile). Las lecturas eran un escape a los dolores y penurias que nos atosigaban en el hogar disfuncional. El mundo y la realidad me incomodaban e inquietaban. Tal vez de allí vienen las dificultades para relacionarme con este sistema patriarcal y sus instituciones. Por eso he hecho siempre literatura, el arte de palabrear, para salvarme. Pienso en otra escena que me constituyó en el trayecto vital del devenir feminista: mi  temprana entrada a la militancia y al activismo político de izquierda en los setenta, a mis catorce años, en contextos de la llegada de la UP (Unidad Popular) al poder gubernamental en Chile. Como tantas contradicciones que nos habitan a las mujeres, la realidad  de la pobreza que me asfixiaba fue un fuerte acicate para llegar primero al CUP (Comité de la Unidad Popular) y luego a las Juventudes Comunistas y militar allí durante unos años. Éramos las transgresoras. Mujeres que nos atrevíamos a desafiar el consabido lugar que el patriarcado nos había asignado: la casa y lo doméstico, lo privado. Pero en mi caso no fue una imagen masculina la que me alentó en este paso. Fue la amada imagen de la hermana mayor, Antonieta, profesora básica normalista y militante comunista, quien influyó en esta decisión. Nunca, en ese tránsito de adolescente, me pensé formando parte de las feministas. Desde un prejuicio de clase, estas eran burguesas y yo, proletaria. Sólo me hablaba un pulso muy cómplice con las mujeres populares, mis dos hermanas mayores y mi madre latían fuerte y amorosamente allí. Fui secretaria política de la base Domingo Torres del Comité Regional Chacón Corona de las Juventudes Comunistas. Recuerdo a los hombres, compañeros de partido muy protectores, dominantes y ubicados en lugares discursivamente poderosos. Había que respetarlos, emularlos y seguirlos. Las lecturas,  las discusiones y análisis políticos fueron un cultivo poderoso que me salvó de las tristezas y me levantó en vilo para vivir dichosamente. Lo colectivo se tornó en una zona tan nutricia y alegre que sólo quería estar en revuelta permanente con lxs populáricxs de ese entorno periférico del sur de Santiago. Era la revolución posible a partir del hombre nuevo, ¿y las mujeres? Nosotras éramos las compañeras del “hombre nuevo”, de “el trabajador”. La resonancia marxista era una buena trampa para nosotras. Entre tanto, era buscadora del goce sexual y amoroso. Hubo un muchacho pobre, en medio de la militancia jotosa comunista. Me sedujo por su tono tan político y humanamente cuidadoso. Leonardo Valdés, joven de aspecto proletario, moreno, con pecas oscuras en su piel café y una boca cuyo rictus me llamaba la atención. Hijo de obrero panificador, habitante de la población Los Panificadores, secretario político del Regional  Chacón Corona. Pololeamos un tiempo. Era tan pudoroso que jamás me tocó. Este era un territorio álgido para mí, muchacha erotizada y conquistadora. Adolescente, tuve muchos pretendientes y el sexo era un lugar que me llamaba. Mi primera relación sexual fue a los quince años, precoz para la época. Fue una conquista que hice muy autónomamente. Yo tomé la iniciativa para declarar mi deseo sexual a un joven mucho mayor que yo, Israel Murgas, estudiante de Ingeniería, compañero de Universidad Técnica del Estado de mi hermano Roque (único cómplice familiar de hoy). Lo visité en su departamento del Cerro Santa Lucía y me ofrecí para tener sexo con él. En ese momento Israel no aceptó mi propuesta, creo que mi iniciativa atrevida lo humilló en su hombría. Tiempo después él tomaría la iniciativa y yo lo aceptaría con goce. Sin embargo, eso no fructificó. Tendría muchos pololos y andantes, pero no me entregaría al sexo penetrativo con ninguno, sino hasta después en la universidad. Algo me retenía para tener sexo coital con cualquier hombre que me gustara. Me daba a los juegos sexuales, tocaciones, sexo oral, frotaciones. Me resguardaba, no por pudor sino por una decisión mía, una autonomía de la que ahora me doy cuenta me constituía feministamente. Algo había en el sexo con penetración que me dejaba con un sabor a entrega incondicionada, una apertura demasiado íntima, mía.  La escena del Golpe de Estado en Chile fue un punto de inflexión radical en mi trayecto vital que ahora lo digo feminista a boca llena. En ese entonces ya era militante de las juventudes comunistas. Tenía mi carnet y mi camisa amaranto. Era lideresa de mi base. Estaba en tercer año de la enseñanza media. Nada volvió a ser como antes. Me resistí a asistir a la ceremonia de entrega de la “medallita” para cerrar cuarto medio. El liceo que antes era una cotidiana fiesta militante, se transformó en una pesada y oscura rutina vigilada. Este evento feroz me devastó, como a millones de habitantes de este país. Me sentí descoyuntada. Es una herida que vuelve a sangrar de tanto en tanto. La siento tan profundamente aún. La impunidad, la violencia, la injusticia. Es la diferencia de clase que pulsa allí como si en eso se me fuera la vida. La pobreza como un desgarro que podría haber cambiado de pulso con el gobierno de la UP. Una pérdida, un foso negro que parecía no tener fin. La lucha se hizo más perentoria que nunca. Coincidió con mi ingreso a la Universidad a los estudios de pregrado, en el Pedagógico de la Universidad de Chile. Entonces se abrió junto a la militancia clandestina, la necesidad de expandir los deseos de incidir en la cultura y superar el apagón tremendo. El teatro amante me esperaba junto con las luchas clandestinas y los estudios. Amé y amaré  para siempre el teatro, el arte más agresivo y provocador. Los cuerpos en escena son un acicate tremendo para remecer aquello que necesita ser deconstruido. Armamos un grupo que se llamó “El anillo” (luego fue El estuco), éramos estudiantes de distintas carreras y coincidíamos en ese pulso artístico y creador comprometido. Fueron tiempos de pasión y de lucha ardua. Montamos obras del teatro del absurdo, corriente que levantaba menos sospecha en las autoridades designadas y militares de la época en las universidades. Eran tan ignorantes. Entre los montajes estaban La lección de Ionesco, Acto sin palabras y Final de partida de Samuel Beckett,  El arquitecto y el emperador de asiria de Fernando Arrabal,  Discípulos del miedo de Egon Woolf, Sálvese quien pueda de Carlos Genovese y Oscar Castro, entre otras. Estuvimos cerca de la ACU (Agrupación Cultural Universitaria). Levantamos teatro de títeres para llevar a las poblaciones periféricas. Eran obras adaptadas de cuentos de autoras y autores latinoamericanos. Otras veces improvisábamos y esas obritas tenían siempre el sello anti-dictatorial. Aun cuando también tenían una vertiente crítica respecto de lo amoroso y las relaciones de pareja heterosexuales, como Sálvese quien pueda o La lección,  por ejemplo, no tematizábamos abiertamente la cuestión de género y sus nudos feministas. No obstante, creo que pulsaba en mí una profunda conciencia de habitar un cuerpo femenino y eso me expandía hacia una vitalidad  independiente y libertaria que hoy veo con ojos grandes. Era abierta, franca, displicente  y crítica con los mandatos culturales; podía poner mi opinión de modo ancho y sin ambages. La plenitud. Allí conocí a la pareja que me acompañaría durante cuatro décadas. La matriz era romántica e izquierdosa: éramos compañeros de vida y de lucha para siempre con total pacto de fidelidad. Tuve un aborto mientras éramos pololos. Esa fue, creo, otra entrada radical al feminismo sin saberlo de modo consciente. Mi decisión de abortar tuvo dos soportes muy en la línea de lo político feminista: negarme a repetir la experiencia de la maternidad en la pobreza y el no deseo de vivir esa experiencia de manera tan temprana, no estaba preparada, no la quería para mí. Creo que la imagen de la madre en la pobreza, (y las hermanas mayores, madres en pobreza también) fue determinante para mi negativa ante esa experiencia posible. Fue mi decisión a boca llena. Mi pareja estaba dispuesta a asumir la paternidad de cualquier modo. Era el año 1978. La dictadura, su bota amenazante, castigadora de las decisiones de las mujeres, y mi temor al dolor físico no evitaron que me hiciera un raspaje sin anestesia, en un departamento en pleno centro de Santiago: Santa Rosa con Alameda. Más tarde, años más tarde en mis treinta, ya casada con la  misma pareja de años, quedaría embarazada (con dispositivo intrauterino) sin yo quererlo, de Nicolás, lo asumiría durante los síntomas de pérdida que tuve y lo amaría infinitamente. Luego planificaría la llegada de Valentina, Pinísima, ¡quería tanto una niña! La amaba antes de llegar. La experiencia de la maternidad es otro momento clave en mi vida como feminista, sin serlo a boca llena aún. No me extenderé en ello, sería necesario, pero creo que tiene una densidad compleja y como toda experiencia materna tiene mucho de ambivalencia. Habría que hacer, además, la distinción preciosa que elabora Adrienne Rich, en Nacemos de mujer, entre la maternidad como institución y la maternidad como experiencia de las mujeres. Está ligada al orden matrimonial heterosexual, en mi caso, y eso también amerita más honduras, las relaciones de pareja son un hueso duro de roer siempre en contextos patriarcales. No obstante como fui madre en dictadura, puedo decir que fueron dos experiencias que abrieron un espacio de gozo y de jolgorio que solo puedo reconocer como luminoso. Me volví niña feliz y libre con ambos. Tejimos un vínculo bello, puse lo mejor de mí como humana amante y no me equivoqué en perseverar así. Pinísima y Nicolás están hoy en su vuelo pleno de los treinta. Son dos sujetos amables, benéficos, generosos, gentiles, creadores, briosos, con una sociabilidad hermosa. Los amo como nunca en libertad y son mis cómplices, mis pares sostenedores amorosa y materialmente, alentadores de este arduo devenir vital sesentero. Sé que me aman y ellxs saben con certeza que los amo. Cómo llegamos a ser madres en el paso feminista es una tremenda labor. Tanta lectura de teoría feminista no puede ser sino un bagaje enorme para mirar esta experiencia. Hay que traer la teoría feminista a casa, como bien dice Sara Ahmed. Pienso sólo en Julia Kristeva cuando dice que la maternidad es una pasión y que como tal podemos enloquecer en medio de ella, como muchas veces lo hacemos, pero también podemos llegar a ser esas exploradoras consoladas que, con generosidad, nos desprendemos de ese lazo tremendo y alcanzamos otras vías y trayectos en ese vínculo exigente que es para siempre. Me he separado de la pareja añosa hace unos meses (2018) y vivo sola por primera vez en mi vida. Me encuentro en un camino nuevo, desafiante, una nueva  lucha para recomponer la vida, la de hoy, experimentar el duelo y hacer acopio de coraje en beneficio de mí misma (Adrienne Rich) para seguir. Estoy siendo “mujer feminista que eligió su propia luz” (Antonieta Rosales). Luego de la llegada a la maternidad, mi impulso por conocer y seguir conociendo hasta el hartazgo, para ignorar menos, diría Sor Juana, me impulsó a seguir estudios de postgrado (Sara Ahmed en Vivir una vida feminista, mi libro de cabecera, dice que las feministas voluntariosas y las aguafiestas feministas siempre son estudiosas). El magister, el doctorado y el postítulo en Género y Cultura, estudios todos en la Universidad de Chile, coincidieron con mi entrada activista-feminista. Me asumí nómade en la academia, ese desajuste, y pude con fortuna encontrarme con equipos de mujeres investigadoras en el área de literatura, educación, feminismo y género, que me acogieron desde mi nomadismo y reticencia e incomodidad institucional. Pude escribir lo que quise (en diciembre del 2018, verá la luz Paso de pasajes. Crítica feminista  por Tiempo Robado Editoras, un libroque recopila una parte muy querida de mis ensayos y escritos de opinión activista). Este es mi privilegio, sin embargo nunca fue solitario, estuvo siempre comprometido con los movimientos feministas. Mi llegada al feminismo está tramada con todo lo que he narrado, sin duda alguna. Hubo una latencia feminista desde siempre en mí, ahora lo digo a boca llena. Hay una cita de Sara Ahmed, en Vivir una vida feminista, que declara tan bien esto que pienso:

“Y, aun así, tan pronto te haces feminista tienes la sensación de que siempre lo has sido. ¿Es posible que siempre lo hayas sido? ¿Es posible que hayas sido feminista desde el principio? Puede parecerte que siempre has tenido esta inclinación. Es posible que tendieras hacia esta actitud feminista porque ya tendías a ser una chica rebelde o incluso voluntariosa (véase capítulo 3) disconforme con el lugar que te habían asignado. O es posible que el feminismo sea una forma de empezar otra vez: de manera que tu historia empieza, en cierto modo, con el feminismo”. (20)

 Esa profunda conciencia de clase, esa resistencia ante los mandatos de género, esa desobediencia ante la de normalidad, esa tendencia a sentirme cercana de los márgenes y lxs marginales, esa rebeldía frente a las injusticias, sometimientos y dominios patriarcales, el anhelo de construir vínculos amorosos desde otro lugar, la transgresión a las normas y convencionalismos conservadores y tradicionalistas, el ánimo vigoroso por ignorar menos, la pasión por la lectura y los libros de compañía. Creo, firmemente, que no se llega al feminismo sólo por estar cercana  a posicionamientos teóricos que habitan en las instituciones académicas, implica la vida de modo integral, ya lo dije: traer la teoría a casa, al cotidiano vivir. En los noventa, me entrego entera a esta lucha. Son años complejos para el feminismo por los contextos tramposos del neoliberalismo impuesto con el ladrillo de los Chicago Boys en dictadura, por la transición pactada a la supuesta democracia, -demosgracia, diría Pet Lemebel-,  y por las políticas de género higienizadas y pulcras de resistencias radicales. En mis búsquedas, hago encuentros en la academia y en La Morada, ONG feminista que surge en los ochenta en Chile dictatorial, con Julieta Kirkwood en la memoria, y Margarita Pisano en los primeros liderazgos más relevantes. Olga Grau, académica de la Universidad de Chile y miembra de La Morada es un puente para posibilitar mi activismo allí y desarrollar mi pensamiento feminista. Como formo parte de las estudiantas del magister en literatura en la época, me ofrezco como voluntaria para levantar lo que fue el Programa de Estudios de Género y Cultura en América Latina de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, el año 1993. Allí fui becada por mi trabajo voluntario para hacer el Postítulo de Género y Cultura en América Latina. Olga me invitó luego a trabajar en La Morada, en el área de educación y género que llevaban junto con Raquel Olea.  La Morada tenía además un área de  Derechos de las Humanas, un área de salud y la Radio Tierra, medio radial por y para mujeres. Recuerdo un día en que trabajaba en la oficina, estábamos armando el libro Cambio de piel con Olga y Raquel  Olea me pregunta a boca de jarro, en su estilo de siempre: ¿Gilda, tú te consideras feminista? Confieso que me sorprendió y sentí algo invasivo en el tono de su interrogante, no me la esperaba Me armé de valor y le respondí que ya había tenido suficiente con la militancia de izquierda y que no tenía deseos de volver a entregarme a ninguna militancia activa. Me equivocaba, era feminista a boca llena desde hacía muchísimo tiempo. Siempre fui aguafiestas feminista (Ahmed), no hubo mesa en la que no puse mi disenso, mi desacuerdo, mi cuestionamiento de lo consabido. Eso quiero exponer aquí con este relato. Más adelante, Raquel y Olga me propondrían para que formara parte de la Asamblea de socias de La Morada, eso fue un evento importante que me dio carta de ciudadanía feminista a boca llena en ese lugar. Fue una experiencia gratificante estar en medio de mujeres profesionales fuertes y con gran capacidad de liderazgo, pensando, ideando, criticando y actuando.  Me enamoré. Sin embargo, siempre me he preguntado, hasta ahora, por qué no me encontré con las Resueltas Populares, en lugar de esta complicidad con mujeres de raigambre burguesa. Otras habrían sido mis vertientes, otras las mujeres bellas con las que habría hecho actuancia feminista poblacional. Sin embargo, pienso que con Olga también fuimos peregrinas del Cambio de piel y nos tomamos los liceos, escuelas y universidades con capacitaciones en género, pero eran las instituciones y eso siempre me incomodó con su lenguaje y estilos tan encorsetados y ordenados. Hoy miro Cambio de piel y no me gusta para nada que hayamos decidido nombrar a uno de los ejes “Tolerancia y homosexualidad”. Ahí estaba nuestra autocensura, nuestro temor a ser demasiado disruptivas a finales de los noventa. Pero los caminos de la vida suelen ser sorprendentes. Permanecería trece años en esa organización, que ya había dejado de hacer feminismo de base en la época en que yo llegué. No viví los momentos de construcción feminista en revuelta que considero fundamental. Iría perdiendo su temple de lucha feminista en los dos mil. Los avatares de las políticas globales de financiamiento para las ONGs en Chile, como el tigre de Latinoamérica, incidirían también en el rumbo que esta institución fue tomando. Muchas de las mujeres profesionales se insertaron en la Academia y se mantuvieron vinculadas con la institución de modo menos comprometido. Debo decir que conocí allí la complicidad política entre mujeres, el cariño, el respeto por el quehacer y la ideación feminista, pero también los roces y los tratos feroces, agresivos, maltratadores de corte patriarcal y violentos entre las mujeres que trabajaban allí con un salario, sobre todo cuando entraba a tallar el capital dinero para tomar decisiones dentro de la institución. Me fui de este lugar con un sabor feminista amargo en la boca. Las disputas por el escaso dinero y los ejercicios de poder mezquinos y las mentiras me distanciaron totalmente de ese espacio y sus mujeres que ya no eran políticas feministas, eran mujeres tecnócratas pusilánimes, patriarcales  y maltratadoras entre ellas. Luego de mi partida de La Morada, me encontré de lleno en el movimiento feminista el año 2013. Me  enamoré otra vez. Coincidimos en una reunión en la Casa de la Marcha Mundial de Mujeres en Malaquías Concha de Santiago. Nos reunimos por el evento feroz de Belén, la niña de once años que había sido violada por su padrastro en reiteradas ocasiones y había quedado embarazada. Éramos feministes de diversos lugares, de distintos colectivos, agrupaciones, algunas sueltas como yo y otras compañeras más jóvenes. Fue hermoso coincidir en el ímpetu movimientista y responder a la coyuntura política, tan política para todes. No queríamos que este movimiento se transformara en una especie de teletón feminista por Belén. No. A pesar de nuestras diferencias y posicionamientos feministas disímiles, nos costó poco llegar a planificar una marcha para el día 25 de julio de ese año, día en que saldríamos a la calle para demandar el aborto Libre Seguro y Gratuito. Eso fue el comienzo de una complicidad que me enamora hasta hoy. Muchaches jóvenes, muy jóvenes y con tanto brío vital dispuestes a levantar movimiento y con la claridad de que fuese feminista a boca llena. Ese fue un punto de inflexión radical. Lo nuestro sería feminista o no sería. El año 2016, cuando ya no participaba en la CFL, escribí una especie de crónica en que relato este paso feminista de la CFL. Se encuentra a disposición en  biblioteca fragmentada el sitio virtual que dirige la feminista de amar Panchiba Barrientos. El texto se llama “Abortarlo todo: los movimientos del movimiento Coordinadora Feministas en Lucha”[1]. La Coordinadora Feministas en Lucha ha levantado seis marchas por el aborto libre, seguro y gratuito en Santiago. El brío continúa, hay otras alianzas, otros colectivos que siguen en ese camino arduo. Sara Ahmed señala que un movimiento feminista siempre está empezando, es sobre lo que se insiste, es reconocer lo que no se ha acabado y se construye con muchos momentos de este empezar otra vez. Aprendemos a ser feministas en el movimiento. Sólo desear que no se detenga porque el movimiento es puro aprendizaje feminista vital y democrático.

Pienso hoy, iluminada bellamente por Sara Ahmed, que logré traer la teoría feminista a casa. La teoría y la praxis feministas, en un amasijo bello han nutrido mi vida feminista, la han enriquecido, la han iluminado y ensombrecido, le han dado un carácter de revuelta a mis decisiones vitales de modo generoso. Me han vuelto y revuelto a indagar cómo se vive una vida como feminista. Lanzar la vida feminista como una pregunta al aire. Hace un par de años que ya no permanezco en las organizaciones feministas de Chile, sin embargo como feminista suelta y traficante de complicidades feministas, como me nombro ahora, estoy comprometida totalmente con las redes y vínculos que hemos sembrado hasta hoy. Mis complicidades con las compañeras lesbianas que adoro, las trans, mayores, adultas y jóvenes, son un sostén poderoso en mi vida de hoy. Debo decir que amar a les compañeres feministas me resulta un tesoro. Decirnos el amor a boca llena es un surtidor  que favorece seguir bregando en nuestras luchas. No es fácil ser feminista, no resulta fácil convivir con una misma siendo feminista, no obstante el lugar de complicidad es un viento benéfico que nos da brío y fuerza para estar aun allí. Hace poco leía a bell hooks cuando señala que el feminismo es para todes y que el amor es un acicate fundamental en la labor feminista. Lo pone de modo tal que no cabría modo de sospechar de ella. También escuchaba a Alejandra Ciriza, compañera feminista mendocina de amar, que insistía al respecto en el marco de la lucha por la ley de aborto en Argentina. Lo hemos compartido en estos lares entre compas como una motivación para seguir compartiendo colectivamente. Es una preocupación y un anhelo. El autocuidado y el cuidado mutuo amoroso entre nosotres resulta muy político en los contextos patriarcales, capitalistas, competitivos,  neoliberales, zenófobos, racistas y depredadores de la naturaleza. Cómo hacer para irradiar este estilo ético-político, este compromiso en contextos chilenos es un desafío más. La política feminista de los afectos me desvela hoy. Sara Ahmed, como teórica fundamental del giro afectivo, es mi provocación cotidiana. Sabemos que los tonos individualistas, tacaños, desconfiados arrasan en Chile. No obstante, creo que la nueva emergencia del feminismo en Chile, este movimiento que ocurre ahora, esto que nos pasa, con las jóvenes estudiantas de la enseñanza básica, media y universitaria a la cabeza, es un estallido luminoso que era inevitable dada la persistencia e insistencia de las feministas de los ochenta, de los noventa y de los 2000. Tanta historia nuestra. Ese pulso resistente y radical. Pienso, asimismo, que las lesbianas han hecho un trabajo de maravillas esta última década para visibilizar la presencia de mujeres en revuelta radical. Han sido ellas quienes han liderado la cuestión del aborto con pastillas en el activismo (Con las amigas y en la casa, Línea aborto) y se han atrevido más que las feministas heterosexuales en ello. También han liderado la lucha contra la violencia. Han incursionado con maestría en los stand up comedy y en el arte en general, en las actuancias culturales (los jueves de lelas), en levantar Casa (Casa de la Mujer Margarita Pisano, Casa Mundanas). Amar a las lesbianas feministas en Chile, más nada. La múltiple resistencia nuestra tenía que dar sus frutos. Habrá que mirar con ojos atentos y con piel nueva estas revueltas para dimensionar lo que se viene como continuidad y apertura de los feminismos en nuestro Chile de hoy, con gobierno de derecha, una matriz colonial y conservadora fuerte en la mayoría de la población. No será fácil, las “feministas del poder”, como las nombra bell hooks, las “regalonas del patriarcado”, como las nombrara Margarita Pisano, las “mujeres cuotas”, como las llamara Adrienne Rich, están allí también y habrá que deslindar, desmarcar, distinguir para despejar las revueltas y continuar. Considero, además que las feministas están apareciendo al fin, como tales y a boca llena, en la academia, con las redes de historiadoras feministas, o la red de académicas feministas de Valparaíso, en las redes feministas de docentes de enseñanza básica y media. Es preciso aparecer como tales en las instituciones hegemónicas, patriarcales, jerárquicas y resistir posicionadas como sujetos políticos, aun cuando eso no me convence ni me atrae mucho hoy. Hasta hace poco las académicas se sentían amenazadas por estos poderes patriarcales  institucionales y en detrimento por la posibilidad de ser nombradas como las locas del género o las feministas lesbianas o amargadas, carentes del rigor intelectual androcéntrico. Las instituciones suelen ser perversas, violentas y nos penetran con sus modos jerárquicos de dominio y sometimiento. Modos duros, castradores que ponen la productividad capitalista por sobre los vínculos más éticos. No es posible que las feministas que se nombran a boca llena en las academias se sometan  o se rindan ante el capitalismo patriarcal, neoliberal académico. Más bien, esta posibilidad de nombrarse y aparecer como tal amerita una reflexión constante respecto de cómo hacemos lo que hacemos, con quiénes, por qué, para quiénes, cuáles son los límites de nuestra aceptación en estos espacios y si es necesario permanecer cuando no lo toleramos para nuestro bien estar como sujetos posicionadas y pensantes feministas críticas.  Hay una tremenda camada de mujeres sintientes y pensantes que está asumiendo su lugar feminista en estos contextos de hoy y eso es un tremendo estímulo para todes, hay que mirar allí, lo que se genera, lo que se transforma y deviene liberador. Es un modo de acortar las distancias y desconfianzas entre feministas académicas y feministas activistas que tiene una larga historia en el país. ¿Por qué  no devenir académica y activista feminista? “Academivista”, “actividémica”, como dicen tan provocadoramente las compas mendocinas. Recientemente tuvo lugar el primer Congreso feminista de la red de historiadoras, inédito en este país. Un tremendo logro en Chile y en un área disciplinar como la historia,  de matriz tan patriarcal y androcéntrica. Allí se abrió espacio para talleres de diverso tipo y para actuancias activistas. En la mesa en que participé nos dimos cita cuatro mujeres muy distintas, Hillary Hiner, Panchiba Barrientos, Lelya Troncoso, con distintas entradas a nuestras obsesiones, mujeres jóvenes que coexisten con esta mujer feminista vieja, una mesa en que nos asumimos amantes entre nosotres. Me permití improvisar y decir mis interrogantes, mis sensaciones y sentimientos por  estar allí así. No me importó el rendimiento académico ni  el estatuto de mi exposición. Estoy tan lejos de ello hoy. Suelta de toda ligazón institucional. “Mujer feminista que elige su propia luz”, como me nombrara ahorita, Antonieta Rosales, feminista cómplice de amar. Siento que las generaciones de jóvenes mujeres, están dando la nota para que nos acompasemos con el sonido/estallido de la transformación social, afectiva, cultural, política y económica anhelada que las feministas promovemos contra viento y marea.  Este trayecto no termina aquí, compañeres, continuará…

Hoy, comienzos  de junio del año 2020, a dos años del encuentro ocurrido en Valparaíso, me escribe la entrañable compañera feminista Pilar Jarpa para solicitarme este escrito. que formará parte de una futura publicación que reunirá los encuentros sobre Memoria y Feminismo que armaron desde el Grupo de Lecturas Feministas. Le respondo entusiasmada porque estamos en unas circunstancias ardorosas, difíciles, desoladoras desde la vertiente de lo (in)humano. Estamos en plena pandemia en Chile, en una crisis sanitaria, social y económica feroz. Con un gobierno indolente, errático en su actuar y perverso en su privilegiar el modelo económico antes que las vidas de los seres humanos en completa precariedad. “Patriarcado y capital: una alianza criminal”. La  invitación de Pilar resulta alentadora en medio de la desolación.  Le pido que me permita continuar este escrito para retomar lo ocurrido en mis sinuosidades feministas desde el 2019.   

Retomo, entonces, el paso feminista memorioso. Es memoria reciente, pero  resulta fundamental porque hubo tres eventos en este trayecto de  “empezar otra vez” en el movimiento, en lo que no se ha acabado, en lo que persiste, como dice Sara Ahmed. El 8 de marzo, día de conmemoración del día Internacional de las Mujeres, de su lucha y su resistencia, fue en Chile un evento multitudinario. Fuimos millones en las calles de Santiago. La marcha convocada por las organizaciones y la Coordinadora 8M, fue maravillosa. Para esa fecha, por primera vez, las escritoras convocaban a marchar juntas. Me pareció una iniciativa fundamental, la importancia de agruparnos como mujeres escritoras feministas, en este país, resultaba inédito y tan seductor por su cultivo resistente. El vínculo entre literatura y política feminista siempre ha sido un hueso duro de roer. La herencia patriarcal impone la  desconexión entre arte y política, una trampa mortal para las feministas que somos parte del arte y la cultura en Chile. Es necesario volver a repensar y sentir desde esta conexión urgente para enriquecer las producciones artísticas y culturales, sus condiciones de producción y su circulación (en general, en Chile las escritoras son renuentes a nombrarse como “feministas”, parece ser que subyace a este escamoteo un temor a señalar este posicionamiento singular que marca, inevitablemente, la creación y la recepción). Entre las mujeres gestoras de la iniciativa estaban Nona Fernández, Andrea Jeftanovic y Alejandra Costamagna, las tres tienen un lugar destacado en la literatura chilena. Pero éramos muchas las que nos reunimos ese  día en el GAM con nuestros pañuelos lilas y vestidas de negro. Los carteles que portamos decían: “Cuestiona tu canon”. Marché dichosa junto a Carolina Pezoa y Nina Avellaneda, dos jóvenes escritoras feministas de amar. No fue un piño muy compacto. Luego se dispersó, pero con Carolina y Nina seguimos fieles con nuestro lienzo hasta La Moneda. Esa fue una primera convocatoria de las escritoras como grupo en resistencia. En abril de ese año, hubo una citación a reunirse en la librería Catalonia de Santa Isabel. No llegué a la cita por razones de salud. Fueron muchas las mujeres allí reunidas, de todas las generaciones, más o menos conocidas. De las históricas llegaron Carmen Berenguer, Soledad Fariña, Eliana Ortega, Pía Barros, Raquel Olea, entre otras. Luego de esta primera junta, se fue armando un continuum de encuentros. Hubo una actividad a fines del mes de abril, me parece, que fue nombrada como “A viva voz”, para el día del libro. En el GAM nos juntamos muchas escritoras a leer un recorte de algún texto de una escritora que fuera preciada para cada una. Recuerdo que hacía mucho frío, pero intentábamos darnos el calor de las palabras de las autoras elegidas. Andrea Jeftanovic, estuvo en el grupo organizador y Eugenia Prado diseñó el afiche. Hubo algunas reuniones entre junio y agosto a las que no asistí. No estaba convencida del todo de mi participación allí o tuve algún compromiso. Fue en septiembre cuando me integré a una de las reuniones citadas. Tenía dudas. Como vieja feminista, la sospecha siempre me ha parecido un buen recaudo. Ya éramos menos mujeres, pero de todos modos había un impulso que no se detenía. A esas alturas ya había un nombre para el colectivo,  el nombre acordado colectivamente fue Auch! (Autoras Chilenas Feministas); ya había un  Manifesto[2] y se creaban las comisiones de trabajo.  Me integré a la Comisión política. Fue una decisión en la que pesaba otra vez “esa llegada al feminismo”. Ese mes fue decisivo para la actuancia otra vez: lo que insiste, lo que persiste, lo que no pasa (Ahmed). En esa comisión estaban Isabel Hernández, Fátima Sime, Ángela Neira, Carmen Troncoso, Luz, Alia Trabucco, Lina Meruane. Más tarde se unirían Bernardita Llanos, Julieta Marchant, Mónica Ramón Ríos, Carmen Mantilla. De todos modos, siempre que nos reuníamos en casa de Isabel o Fátima, en los inicios, quedaba con una sensación de que este modo de acción no tenía ningún parecido a mis activismos anteriores. Las diferencias entre nosotras, resultaban un amasijo. Mujeres semejantes por la clase, la burguesía era el común, pero diferentes en edades, cuatro mayores de sesenta años, las demás bordean los treinta y los cuarenta años; Luz era la más joven de todas (ella no persistió, se fue sin nosotras saber más); diferentes en estilos de vida, en obsesiones creadoras, en miradas sobre los feminismos y los posicionamientos hacia lo que aun llamamos la izquierda. Estas diferencias constituían un tremendo desafío. Fue lo que me alentó a permanecer allí: la posibilidad de lo posible.  Sentía que la cuestión feminista, parecía andar volando por los cielos, sobre todo la cuestión más política feminista en todo Auch! Debo decir que  así como me prendió la diferencia radical para permanecer, también lo hizo en gran medida el hecho de que eran mujeres que desconocía y me parecía tentador encontrarme feministamente con ellas. También yo era, para la mayoría, una interrogante. Como siempre me han tentado los caminos nuevos, consideré que esta búsqueda en el desconocimiento guardaba una posibilidad grata de encuentros. No me equivoqué en ello. Había quedado, tal vez, agotada de permanecer en organizaciones en las que lxs feministas éramos siempre lxs mismxs. Esa endogamia que agota en esta cultura porque nos movemos en los mismos lugares consabidos y finalmente todo resulta tan previsible. En el transcurso de las primeras reuniones, como Comisión política, atisbamos el deseo de abocarnos a la labor genealógica. Tomamos como eje los encuentros feministas de las escritoras y sus derivas en la historia de Chile. Armé un escrito tentativo, como provocación,  que luego podría ser re-armado en colectivo. Lo titulé: “Por una política genealógica. (Des)encuentros entre escritoras en Chile en el siglo XX (extensible al siglo XXI)” (Inédito hasta hoy). Le pedí a Eliana Ortega un ejercicio de memoria en el que me contara entretelones del encuentro de 1987 (Escribir en los bordes). Eliana, tan generosa, accedió gustosa y escribió un texto que me permitió ahondar en este hito fundamental. El texto resultante fue compartido entre nosotras como lectura, sin mayor discusión ni profundidad. Ese trabajo genealógico quedó en suspenso debido a la contingencia. Se nos vino el 18 de octubre y la revuelta nos tomó en vilo a toditas. Fue un tráfago inagotable lo que nos aconteció. Todo ocurría de modo vertiginoso. Rápidamente, como Comisión política, nos pusimos en plan de denunciar a través de comunicados y declaraciones, las violaciones a los derechos de lxs humanxs, con énfasis en la violencia de género y disidencias sexuales. La represión era un foco quemante. Hicimos un video para denunciar las atroces violaciones a los derechos de las humanas y disidencias por parte de las fuerzas represivas y el gobierno: “Todas las mujeres contra todas las violencias”[3]. Fatima Sime, invitó a Shlomit Baytelman, y a las mujeres que dirigieron  el video. Circuló dentro y fuera de Chile, subtitulado y con  traducciones al inglés y francés. El reporte Violencias a cuerpxs disidentes en Chile. El pre, durante y post estado de emergencia del gobierno de Sebastián Piñera, elaborado por activistas y profesionales de la disidencia sexual chilenxs, me fue enviado por Iris Hernández y fue un insumo fundamental para el video. Gratitud a lxs compañerxs. Además, gracias a la compañera Montserrat Martorell, estaba a nuestra disposición un medio de comunicación: “El periodista”. Allí publicamos columnas de opinión. En noviembre escribí: “Esquinas de una  primavera ardorosa. Octubre-noviembre 2019”. Otras compañeras hacían lo suyo[4]. Tuvimos una larga cadena de acciones colectivas en las que no nos dimos descanso. Las marchas habituales del estallido y además “La Marcha de los lápices”, convocada por asambleas de escritorxs  y la “Marcha de Cultura en Resistencia”, convocada por diversas organizaciones culturales y artísticas, fueron eventos en los que participamos, aun cuando nuestra participación era minoritaria (éramos un piño pequeño de Auch! las que asistíamos constantemente). El año 2019 terminó con la sensación gozosa de estar formando parte de la historia de la resistencia feminista y de la revuelta por la dignidad del pueblo entero. En enero del año 2020, comenzamos a hacer las reuniones en Casa de la Mujer Margarita Pisano. Facilité la conexión con  Martha Muñoz y María Elena Abarca, cómplices feministas-radicales-lesbianas de ese histórico lugar. Nos recibieron con los brazos abiertos. En amar a las compañeras. No es fácil encontrar espacios que nos permitan confluir como feministas en colectivo y ello es tan fundamental para el movimiento. Si no hay espacios cómplices, se vuelve todo tan precario. Allí comenzamos a llevar a cabo nuestras reuniones como Comisión política también. Y coincidió que en el colectivo entero dimos lugar, al fin,  a discusiones más políticas. En una de las reuniones Julieta Marchant puso una entrada crítica interesante: el estilo un tanto excluyente de Auch! Corría la voz de que esta instancia parecía un club de estrellas connotadas. Fue inevitable discutir entonces el perfil de Auch!, volver al Manifiesto y a la necesidad de tomar lo político por asalto. Un disfrute. Nos tomó el debate acerca de  nuestra participación o no en los eventos por una nueva constitución. Nos resistíamos al marco del Acuerdo por la paz del gobierno y la clase política genuflecta y desacreditada, que dio lugar a la supuesta “legitimidad” de una nueva constitución. Este fue un punto de inflexión para Auch! No queríamos restarnos de la cuestión, pero tampoco queríamos ser cooptadas en nuestro impulso resistente al Estado terrorista opresor y su rol represor en las manifestaciones populares. Considerábamos que el proceso (des)constituyente que nos llevaría a la Nueva Constitución estaba en curso desde que comenzó la revuelta en las calles el 18 de octubre. Algunas compañeras planteaban que este proceso se estaba gestando desde mucho antes desde territorios poblacionales. No queríamos otra vez un “en la medida de lo posible” acordado entre gallos y medianoche desde la clase política; queríamos ir más allá, como siempre hacemos las feministas radicales: no queríamos las migajas, queríamos la panadería anti-patriarcal y anticapitalista. Alia Trabucco, que además de escritora es abogada, nos dio la posibilidad de discutir las entradas y las salidas de este proceso entrampante para el pueblo en manifestación rebelde en las calles. Llegamos a coincidir en que era posible pensar en una Nueva Constitución Feminista. Ese era nuestro deseo en revuelta. El 2020 se veía venir en lucha y el 8 de marzo  convocamos desde Auch! al Día Internacional de la Mujer con la consigna: “A escribir la constitución feminista”. Nos convocamos junto a otras organizaciones y colectivos de mujeres artistas, actrices, audiovisualistas, mujeres de la música: Rach, Noa y Tramus[5].   Fue un Día hermoso. Nos juntamos en el teatro “El puente” y allí dimos lectura a una proclama, escrita en conjunto por mí y Carmen Troncoso[6]. Hubo acciones de bailarinas, performanceras y actrices antes de partir a la marcha. Éramos tantas mujeres ese día desbordando la Alameda que como colectivos (Auch!, Rach, Noa y Tramus), no pudimos acceder a la Alameda sino hasta la altura de la Biblioteca Nacional. Quedamos tan dichosas de nuestra participación resistente allí. Por mientras, como Comisión política habíamos tenido algunas reflexiones y discusiones respecto de nuestro lugar dentro de Auch! Discutíamos acerca de que todas las comisiones (alrededor de 10) debían hacer trabajo político desde sus especificidades. Por lo tanto teníamos que cambiar de nombre, aunque no de labor (o tal vez sí). Las derivas fueron muchas e interesantes. Propuse un nombre: “Trama crítica”. Finalmente nada de esto se pudo discutir en profundidad. Nos abofeteó la llegada de la pandemia y eso fue otro envés para nuestra labor. Comenzamos recién a conectarnos en mayo a partir de la contingencia y lo que urgía era ahora la cuestión “gremial”. Mi sensación es que, de algún modo, las cuestiones políticas urgentes quedaron en suspenso porque el panorama que se levantó era desolador en términos de nuestros lugares precarios como trabajadoras de la cultura. En eso estamos aún. Siento que tenemos las alas mojadas. Que las fracturas geológicas del HAMBRE y la pobreza en este país nos dejaron en zonas abismales, que aun no sabemos atisbar muy bien, aun no podemos ponerle acción a las palabras. La escritura de columnas de opinión fue un acicate. Nona Fernández desde la Comisión comunicaciones y su liderazgo reconocido en Auch!, estimuló nuestras escrituras desde el lema tomado de las marchas: “No nos soltamos”. Eva Debia ha impulsado también esta labor. Escribí dos columnas de opinión, a fines de marzo y en abril de este año: “Vejez, revuelta, pandemia: un chasquido feminista” y “Durante la pandemia. ‘La esperanza es lo terrible’”. Ambas publicadas en El periodista, en Raza Cómica y en Biblioteca fragmentada. Otras compañeras han escrito diversas columnas de opinión en reacción a cuestiones coyunturales durante la pandemia: Pía González, Nona Fernández, Alejandra Costamagna, Larisa Contreras y Carolina Brown[7]. Hemos participado en instancias por el aborto en el Día de la Salud de las Mujeres y en las convocatorias a escribir cuentos con alusión a la pandemia en revista Velvet: Ana María del Río, Eva Debia, Carolina Brown, Maivo Suárez, entre otras. Nos hemos reunido cada tanto, vía zoom, a propósito de problemáticas  ligadas a la publicación de libros, las editoriales y cuestiones ligadas a las políticas precarias y miserables del Consejo del libro desde el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Carmen Mantilla y Nona Fernández han liderado estas labores. Ángela Neira lo ha hecho desde la región del Bío-Bío. Nos manifestamos en contra del violento nombramiento de la nueva ministra del Ministerio de la Mujer y la equidad de género Macarena Santelices Cañas, con una declaración rotunda en la que afirmamos que no tenemos ministra. Mónica Ramón Ríos editó escritos breves de varias autoras de Auch! (y otras) que produjimos en rechazo al nombramiento de Macarena Santelices. Esa publicación apareció  en “El desconcierto”[8]. Seguimos en esta deriva compleja y desafiante para nuestras imaginaciones políticas, en tiempos de pandemia. ¿Para qué escribir poesía en tiempos de miseria?, me digo, parafraseando a Julieta Marchant. Esto continuará, por cierto, porque “la lucha más larga” (Juliet Mitchell) no se detiene,  y lo que persiste, lo que no pasa, lo que insiste (Ahmed) nos revuelve siempre tan feministamente.

Santiago Centro

21 de mayo- 9 de agosto del 2018

3-5 de junio del año 2020


[1] Ver: Luongo, Gilda. Paso de pasajes. Crítica feminista. Santiago de Chile, Tiempo Robado Editoras, pgs. 391-399.

[2] Ver: www.autoraschilenas.cl En esta página se encuentran, además algunas de las acciones, las denuncias, el video producido por la Comisión política “Todas las mujeres contra todas las violencias” y las columnas de opinión mencionadas y de otras escritoras integrantes del colectivo.

[3] Ver: www.autoraschilenas.cl

[4] Ver: www.autoraschilenas.cl

[5] Rach: Red de Actrices Chilenas; Noa: Nosotras Audiovisuales; Tramus: Trabajadoras de la Música.

[6] Ver el texto de la proclama en www.autoraschilenas.cl

[7] Ver: www.autoraschilenas.cl las columnas de opinión de las autoras.

[8]Ver:https://www.eldesconcierto.cl/libros/voces-cien-escritoras-chilenas-exigen-salida-de-macarena-santelices-el-gobierno-nos-golpea-con-la-designacion-en-el-ministerio-de-la-mujer-y-equidad-de-genero-de-una-persona-que-valora-la-dictadur/

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